Cosí un vestido con las camisas de mi padre para el baile de graduación en su honor; mis compañeros se rieron hasta que el director tomó el micrófono y la sala quedó en silencio.

Mi tía no pensó que estuviera loca, lo cual agradecí.

—Apenas sé coser, tía Hilda —le dije.

—Lo sé —respondió—. Yo te enseño.

Ese fin de semana extendimos las camisas de papá sobre la mesa de la cocina. Su viejo costurero estaba entre nosotras.

Nos llevó más tiempo del esperado.

Corté la tela mal dos veces. Una noche tuve que descoser una sección entera y empezar de nuevo.

La tía Hilda se quedó a mi lado todo el tiempo, guiando mis manos y recordándome que fuera más despacio.

Algunas noches lloraba en silencio mientras trabajaba.

Otras noches hablaba con papá en voz alta.

Mi tía o no me oía o prefería no decir nada.

Cada trozo de tela guardaba un recuerdo.

La camisa que llevaba puesta el primer día de instituto, cuando se paró en la puerta y me dijo que sería genial, aunque yo estaba aterrada.

La verde desteñida de la tarde en que corrió junto a mi bici más tiempo del que sus rodillas toleraron.

El gris que llevaba el día que me abrazó después del peor día de mi penúltimo año de instituto, sin preguntar ni una sola cosa.

El vestido se convirtió en una colección de él. Cada puntada guardaba un recuerdo.

La noche antes del baile de graduación, lo terminé.