Lo único que recuerdo con claridad es mirar el suelo de linóleo y pensar que se parecía exactamente al que papá solía fregar. Después de eso, todo se volvió borroso.
Una semana después del funeral, me mudé con mi tía. La habitación de invitados olía a cedro y suavizante; nada que ver con mi hogar.
Entonces llegó la temporada de bailes de graduación.
De repente, todo el mundo volvía a hablar de vestidos. Las chicas comparaban marcas de diseñador y compartían capturas de pantalla de vestidos que costaban más de lo que mi papá ganaba en un mes.
Me sentía desconectada de todo.
El baile de graduación iba a ser nuestro momento especial: yo bajando las escaleras mientras papá tomaba muchísimas fotos.
Sin él, ya ni siquiera sabía qué significaba.
Una noche me senté en el suelo con una caja con sus cosas del hospital: su cartera, el reloj con el cristal roto y, al fondo, dobladas con el mismo cuidado con el que él doblaba todo: sus camisas de trabajo.
Azules. Grises. Y una verde desteñida que recordaba de hacía años.
Solíamos bromear diciendo que su armario solo contenía camisas.
«Un hombre que sabe lo que necesita no necesita mucho más», solía decir.
Sostuve una de las camisas durante un buen rato.
Entonces me vino la idea, repentina y clara.
Si papá no podía estar en el baile… podía llevarlo conmigo.