“No mucho, cariño… no mucho”.
Y de alguna manera, eso siempre me hacía sentir un poco mejor.
Papá me decía que el trabajo honesto era algo de lo que estar orgullosa. Le creí. Y más o menos en segundo de bachillerato, me hice una promesa en silencio: iba a hacer que se sintiera lo suficientemente orgulloso como para borrar todos los comentarios desagradables que la gente me había hecho.
El año pasado, a papá le diagnosticaron cáncer. Siguió trabajando todo el tiempo que los médicos se lo permitieron, incluso más de lo que recomendaban, la verdad.
Algunas tardes lo veía apoyado en el armario de suministros, con aspecto agotado.
En cuanto me veía, se enderezaba y sonreía. “No me mires así, cariño. Estoy bien”.
Pero no estaba bien, y ambos lo sabíamos.
Una cosa que repetía mientras estábamos sentados a la mesa de la cocina después del trabajo era: “Solo necesito llegar al baile de graduación. Y luego a tu graduación. Quiero verte toda arreglada y salir por esa puerta como si fueras la reina del mundo, princesa”.
“Vas a ver mucho más que eso, papá”, siempre le decía.
Pero unos meses antes del baile, perdió la batalla contra el cáncer. Falleció antes de que yo llegara al hospital.
Me enteré en el pasillo de la escuela, con la mochila todavía al hombro.